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lunes, 3 de mayo de 2021

El mundo de Sócrates (1º entrega): La situación histórica y social.

                                      


Clase 1: El mundo humano.

En esta primera clase nos ocuparemos de un viraje fundamental en la historia de la filosofía ya que, hasta ese momento, los filósofos cosmológicos habían dominado la escena durante el siglo VI y la primera mitad del siglo V antes de Cristo, pero en esa época se produjo un gran cambio en la temática de las cuestiones que ocuparon a los pensadores más importantes, a partir de la mitad del siglo V A.C. comenzaron a escucharse voces que se referían no solo a lo tocante a la estructura del universo y la composición de las cosas, sino más frecuentemente a temas que tenían al ser humano como su centro, como su punto de mayor interés y máxima incertidumbre.



1.1) Contexto histórico.

Por aquella época, la democracia ateniense estaba experimentando un gran auge y eran muchos los que se sumaban día tras día a los debates que se llevaban a cabo para manifestar su opinión.
Hay que tener en cuenta que la democracia ateniense del siglo V A. C. era muy distinta a la que conocemos hoy, en la cual se vota a nuestros representantes, los cuales se ocupan de poner en práctica la política en nombre nuestro. En aquellos días, la gente no elegía sus representantes sino que ellos mismo se dirigían a las asambleas y tenían la libertad de decir lo que quisieran. Antiguamente estas tareas estaban reservadas para la aristocracia, pero los cambios que se habían producido permitieron la apertura a otros estratos sociales. Aún así, la libertad de participar de la política no era para todos ya que las mujeres y los esclavos, por ejemplo, no tenían ninguna posibilidad de incluirse en las asambleas, solamente los hombres, ciudadanos y libres.
Hoy sin duda podemos decir que la idea de libertad era bastante particular porque no se aplicaba a todos.
En ese ámbito se daba la situación que todos los que tenían algo para decir, entre los hombres ciudadanos y libres, podían manifestar su opinión y de allí surgían las acciones que se iban a realizar, con lo cual era una forma muy clara de obtener cierto poder político, reconocimiento e influencia sobre los demás, entre otras cosas.
Es decir que hablar en la asamblea equivalía a si hoy pudiéramos participar de las sesiones del senado o de diputados y tener influencia en las leyes que se votan. Claramente era una situación de gran importancia para quien quisiera y supiera aprovecharla.
 Para lograr la mejor preparación para exponer sus ideas ante los demás, la gente recurría por un lado a obtener toda la información que pudiese conseguir acerca de los temas que se trataban y así estar al tanto de todo lo que pudiera ser importante a la hora de discutir cada tema, como una forma de que el estar informado le sirviera a cada uno para buscar la solución más adecuada a cada una de las cuestiones a tratar; pero esto solo no era suficiente.
La gente comprendió que no solamente importaba el contenido de lo que se decía, la adecuación de las propuestas a las necesidades que se presentaban, sino que también era muy importante, y tal vez mucho más que el contenido, la forma en que las ideas eran exhibidas a los demás, el modo en el cual una persona se expresaba y transmitía sus opiniones a quienes lo escuchaban. No cabía duda de que esta gente había comprendido que no solamente importaba lo bueno de lo que se decía, sino también lo bello acerca de cómo era dicho.
Aquellos interesados en cobrar un papel importante en esas reuniones se preocuparon por aprender la mejor forma de hablar, cómo hacer un buen discurso, como embellecerlo para atraer al resto, cómo captar la atención de quienes lo escuchaban, cómo lograr que los demás sintieran que quien hablaba estaba diciendo lo mismo que ellos querían decir, que se identificaran con él y apoyaran sus palabras, que pasaran a descansar en su figura porque representaba lo mismo que ellos pensaban; en definitiva, querían encontrar la mejor manera de convencer a sus conciudadanos de que sus palabras eran las verdaderas.
Quienes mejor podían instruirlos en esos menesteres eran los llamados sofistas.



1.2) Los sofistas.

La palabra “sofista” debe ser entendida como un profesor o un conferencista, eran personas extremadamente hábiles en lo referido a la utilización de la palabra para lograr sus fines, así como también enseñaban cómo mejorar la memoria, desarrollar capacidades y mejorar diversas aptitudes en cada uno de quienes los consultaban. Ellos se ofrecían para enseñar estas artes a quienes quisieran aprenderlo; una de las cosas de los sofistas que molestaban a muchos, entre ellos a Platón, es que cobraban sus clases, recibían dinero a cambio de entregar su saber.
Pero esto no era lo que más escandalizaba a Platón, entre otros, sino el hecho de que los sofistas utilizaban sus habilidades como una forma de manipulación; con la retórica, por ejemplo, ellos buscaban la forma de enseñar cómo convencer a los demás sin importar cuál fuera el contenido de lo propuesto, lo bueno y lo malo ya no eran cosas importantes sino simplemente lograr la aceptación por parte de los demás.
La mayoría de los sofistas fueron simples profesores, pero hubo algunos que lograron una gran fama.
Protágoras, como ejemplo de lo antedicho, dijo “el hombre es la medida de todas las cosas”, con lo cual demuestra que la validez objetiva de las cosas y los sucesos queda completamente eliminada, siendo que todo valdrá según la opinión que las personas se hagan de ello. Así el subjetivismo se hacía todopoderoso y la misma cosa podía ser buena para alguien mientras que mala para otra persona, dependiendo de las opiniones que cada uno tuviera.
Protágoras no negaba la existencia de la sabiduría y los sabios, pero definía estos términos diciendo que sabio era aquel que sabía cómo hacer bellas y buenas aquellas cosas que antes parecían feas y malas, concepción de la sabiduría muy distinta a la que cualquiera de nosotros puede tener. La retórica, el arte de la palabra, era utilizada por él para convertir lo malo en bueno y lo desagradable en agradable, mostrando que todo podía ser deformado, convertido y transformado si se contaba con la habilidad discursiva para lograrlo. De esta manera nada tenía ya un valor real, una importancia certera, sino que todo quedaba a la expectativa de la valoración y el juicio que sobre ello hicieran las personas, juicio y valoración que podía ser fácilmente manipulada por personas que supieran cómo seducir y convencer al resto.
Se cuenta que Protágoras tenía por alumno a alguien que había prometido pagarle cuando ganara su primera discusión, pero nunca iniciaba ninguna. Cansado, Protágoras le inició un proceso legal, convencido de que debería pagarle sin importar el fallo ya que si ganaba el alumno estaría obligado a pagar por haber ganado su primer pleito y si ganaba el maestro, sería la orden del juez lo que le obligara a pagar. El alumno, que sin duda había aprendido muy bien las artes de su maestro le dijo que si iniciaba el proceso entonces jamás le pagaría, ya que si era ganador entonces la autoridad del juez le evitaría realizar el pago, pero si ganaba Protágoras se vería amparado por el hecho de continuar sin haber ganado nunca una discusión, motivo que le permitiría seguir sin pagar a su maestro.
Otro de los sofistas que logró fama fue Gorgias, quien postulaba tres principios que estaban unidos entre sí: el primero decía que nada existe, el segundo afirmaba que si algo existiera no podría ser conocido por los humanos y el tercero concluía que si algo pudiera ser conocido, no podría ser expresado, ni explicado a los demás. Por esto Gorgias fue llamado el primer nihilista (nihil significa “nada”, en latín), según la primera definición; escéptico, de acuerdo con la segunda y relativista por la tercera.
Claramente estos planteos trastocaban todo lo establecido, ya nada podía seguir siendo considerado como antes y no podía seguir sosteniéndose la existencia de verdades fijas e inmutables, porque la filosofía sofista las derribaba con argumentos sumamente hábiles e inteligentes a los cuales la gente común no podía responder satisfactoriamente.
Esto produjo una crisis absoluta en la ideología ya que cuestiones como la justicia, la ética, lo correcto, lo bueno y muchas otras, junto con todas las contrapartidas que se pueden oponer a las mismas caían en un relativismo, en un subjetivismo que impedía formar ideas claras y compartidas acerca de las mismas; todo entraba en una discusión de la cual solamente obtendría la victoria no aquel que tuviera razón por haber dicho las cosas más valederas y ciertas, sino aquel que tuviera mejor uso de las palabras, discursos más bellos y pudiera, así, manipular la opinión de todos los que lo escucharan para inclinar sus juicios a su favor. Esto es lo mismo que decir que nadie podía saber qué era lo bueno y lo justo, sino que tenía que ir a preguntar a los demás y ver qué le respondían, respuesta que podía cambiar todos los días dependiendo de quien fuera el que lograba vencer en la discusión e imponer su palabra.  Hasta ese momento en Atenas nadie había pensado siquiera en plantear preguntas acerca de estos temas, mucho menos hablar de algún tipo de relativismo o nihilismo; siempre había imperado una moral y una concepción de la justicia considerada totalmente objetiva, la cual no encontraba discusión por parte de ningún ciudadano.
Es así como se llega, por poner un ejemplo, a las ideas de Trasímaco, el cual afirmaba que la justicia consistía solamente en lo que podía hacer el más fuerte, siendo que quien tuviera el poder de hacer algo estaba legitimado a hacerlo y a que todos lo consideraran correcto.

En este contexto, también se verifica un cambio fundamental en las cuestiones que trataban los filósofos, siendo que el interés de los antiguos por el cosmos y la naturaleza había sido reemplazado por las cuestiones que ubicaban al ser humano en el centro de todas las cuestiones, su ética, la justicia, la mejor forma de hacer política, todo lo referido al trabajo y demás asuntos en los cuales las personas pudieran aprender no de las cosas materiales del mundo sino de sí mismos y de la sociedad en la cual vivían.

Filósofos presocráticos (4º entrega)

                                      


1.5) Las aporías de Zenón.

Zenón fue un discípulo de Parménides y quiso demostrar los postulados de su maestro a través del planteamiento de aporías, que significa dificultades, con los cuales quedaría claro la imposibilidad de explicar racionalmente el movimiento.
Una de ellas es la que dice que recorrer una distancia es imposible, esto ocurre sin importar de qué distancia estemos hablando o cómo sea el terreno ya que estos elementos hablan de cosas del mundo sensible y lo que aquí importa es solamente el planteo del problema a través de la razón. La imposibilidad de este recorrido está explicada porque para llegar de un punto cualquiera a otro, necesariamente hay que recorrer antes la mitad de ese camino y luego la otra mitad, pero recorrer esa primera mitad también implica que se debe avanzar a lo largo de la mitad de ese trecho y luego a través del resto del camino y esta proyección puede continuarse infinitamente, con lo cual queda en evidencia que podemos avanzar eternamente, pero siempre vamos a estar avanzando mitades y no avanzando las mitades restantes. Es lo mismo que decir que del tramo que queremos recorrer solamente avanzamos la mitad y volvemos a fijar la mitad de lo que nos resta y avanzamos solamente esa mitad y así sucesivamente, siendo que de esta manera podemos avanzar eternamente, pero nunca podremos recorrer todo el camino, siempre habrá un espacio, espacio no medible sino lógico, que quedará sin salvar.
Otra de las aporías es la de Aquiles y la tortuga, según la cual el guerrero griego más veloz de todo el ejército sería completamente incapaz de alcanzar al lento animal si al inicio de la carrera le da cierta ventaja. Esto se explica porque al tomar cierta distancia inicial la tortuga llegaría a un punto al cual Aquiles, al iniciar su carrera, debería llegar. Nuevamente tenemos que prescindir de la idea de velocidad de cada uno de ellos, porque hay que pensar esto solamente a través de la razón. Cuando Aquiles empezara a correr y llegara al punto en el cual estaba la tortuga, el animal ya habría avanzado un poco y esto exigiría que Aquiles volviera a correr hacia ella para alcanzar el punto donde se encuentra en ese momento, pero, nuevamente, al llegar a ese lugar la tortuga habría avanzado nuevamente y así sin fin. De esta manera, sin importar la velocidad de cada uno, la lógica de la razón nos dice que el tiempo que le lleva a Aquiles llegar desde donde está hasta donde está la tortuga permite que el animal avance y no se encuentre allí donde antes estaba, con lo cual Aquiles siempre llegaría al lugar vacío y jamás alcanzaría a la tortuga.
Estas y otras aporías llaman profundamente la atención de quien las lee por primera vez y pueden resultar absurdas, pero no lo son en absoluto. Se cuenta que un hombre llamado Antístenes quiso refutar estas ideas caminando alrededor de Zenón, diciendo que el movimiento se demostraba al moverse; igualmente cualquiera podría pensar que no hace falta recurrir a Aquiles o a mitades para probar el error de estas aporías ya que haciendo la prueba cualquiera de nosotros podría fácilmente recorrer una distancia no muy larga o alcanzar una tortuga a la cual se le da cierta ventaja, pero este tipo de argumentos, como los de Antístenes, solamente demuestran que quien así responde no ha comprendido el verdadero problema planteado por Zenón, ya que a éste no le interesa ese tipo de refutaciones sino solamente la refutación lograda a través de la razón, la cual no tiene absolutamente nada que ver con caminar alrededor de un filósofo, demostrar que se puede recorrer cierta distancia o correr atrás de una tortuga ni ninguna otra demostración que busque un efecto sensible.
El intento de Antístenes de demostrar el error de Zenón me resulta muy similar a quienes postulan la oposición entre Heráclito y Parménides, cuando en realidad se está hablando de otra cosa.
Estas y otras aporías  demuestran que el movimiento no puede ser demostrado o explicado en forma racional, ya que lleva al imposible y, en ese sentido, son un ejercicio racional excepcional



1.6) Empédocles.

Lo dicho anteriormente acerca de cómo Heráclito y Parménides podían ser combinados ya que no sus ideas no implicaban una contradicción encuentra su cristalización en Empédocles, quien reunió partes de ambas teorías y elaboró la suya propia, produciendo una superación de las anteriores.
Empédocles rompió con el monismo del arjé, es decir que no ubicaba como principio de todo lo existente a un solo elemento sino a cuatro, para él todo estaba compuesto por una combinación de aire, agua, tierra y aire; según la forma y cantidad en que estos elementos se unieran daban forma a las formas sólidas, gaseosas y líquidas con todas las características que podían observarse. Solamente así podían superarse ciertas cuestiones referidas a la discusión entre lo que nos dice la razón y lo que nos dicen nuestros sentidos.
En cierto sentido Empédocles une las teorías expuestas por sus antecesores, ya que los cuatro elementos que él toma son los que otros habían ubicado como el arjé.
La teoría de Empédocles explica que tanto Heráclito como Parménides tenían razón en cierto punto mientras que también ambos se equivocaban en otros. Esto se debe a que se daba la razón a Parménides al decir que las cosas permanecen siempre idénticas a sí mismas sin experimentar ninguna clase de cambio ya que estos cuatro elementos jamás se modificaban, el agua seguía siendo siempre agua, el aire permanecía siendo aire y también los otros dos elementos, pero Heráclito no se equivocaba al hablar del cambio constante e imposible de detener ya que las combinaciones que podían darse entre estos elementos eran infinitas y jamás se detenían, con lo cual sus resultados no podían de ninguna manera permanecer estáticos y siempre estaban modificándose sin detención. Esta teoría demuestra que no había ninguna oposición entre ellos, sino simplemente un plano distinto de interés donde ubicar sus planteos.


1.7) Demócrito.

Pero esta pluralidad de los cuatro elementos no se detuvo con Empédocles ya que luego apareció Demócrito y la pluralidad se convirtió en multiplicidad. Demócrito se permitió pensar que si una cosa podía ser cortada es porque no se trataba de una sola pieza, sino que estaba compuesta por gran cantidad de pequeñas piezas, entre las cuales existían espacios, que se distribuían a un lado o al otro del corte. Al cortar una manzana, por ejemplo, se observa que no es una sola cosa ya que si lo fuera sería imposible dividirla, sino que debe tratarse de una unión de partes tan pequeñas que no pueden ser observadas a simple vista y que se agrupan en las dos mitades resultantes al ser separadas por esos espacios que necesariamente, lógicamente o, también, racionalmente debían existir entre estas partes. Estos cortes pueden continuarse hasta el punto lógico de que se llegue a una parte tan pequeña que ya no pueda dividirse. Hay que tener en cuenta que no se trata de un experimento que pueda hacerse, ya que nadie puede tratar de cortar una manzana en tantas partes que llegue con un cuchillo a una parte que ni siquiera puede observarse, por lo cual se trata solamente de un ejercicio lógico.
A esta parte que no puede dividirse, Demócrito la llamó átomo, que en griego significa que no es divisible, o que no tiene partes.
Este filósofo estaba de acuerdo con Parménides con respecto a ciertas características del ente, ya que para él los átomos debían ser eternos porque nada puede surgir de la nada y tampoco era posible destruirlos.
Por supuesto que esto fue lo que pensó aquel filósofo solamente utilizando la razón en el siglo IV antes de Cristo y tiene poco que ver con la teoría actual del átomo, hoy sabemos que los átomos no son partes únicas sino que están formados por protones, neutrones y protones, con lo cual, si fuéramos estrictos, no serían estas partículas las que deberían ser llamadas átomos, ya que sí pueden dividirse.
Pero, independientemente de esas cuestiones, Demócrito postuló la existencia del átomo solamente basándose en la razón y tuvo que esperar más de dos mil años a que Albert Einstein pudiera finalmente demostrar que esas partículas realmente existían.
El planteo atómico de Demócrito, continuando y ampliando el de Empédocles, postulaba que los átomos eran las partículas elementales del universo y que su combinación era la que determinaba todo lo que existía, con sus características tales como nosotros las conocemos, con lo cual él también tomaba parte de los planteos de Heráclito y parte de los de Parménides. Según Demócrito, cuando un ser moría o una cosa de destruía sus átomos se separaban y quedaban libres para pasar luego a formar alguna otra cosa; de la misma manera creía que el alma estaba formada por átomos perfectamente redondos que podían ser usados para formar otras cosas al producirse la muerte de dicha persona, lo cual nos dice que no pensaba en el alma como algo inmortal. Estos movimientos de los átomos no respondían a ninguna voluntad ni intención, pero tampoco al caos ya que debían obedecer necesariamente a las leyes de la naturaleza.
Porque solamente creía en lo material se lo llama materialista.

Si bien existen enormes diferencias entre los planteos de todos estos pensadores, desde Tales en adelante, todos ellos coinciden en buscar la explicación del universo a través de lo material o de la razón, pero buscan explicar cómo está formada y ordenada la realidad, el mundo o, como ellos lo llamaban, el cosmos. Todo lo que a ellos les interesaba estaba relacionado con lo realmente existente, ya sea en el mundo material como lo referido a lo óptico, es decir el mundo de los entes. Es por eso que se los llama los filósofos de la naturaleza
Nunca ninguno de ellos se preocupó por incluir al ser humano en sus planteos, lo que al ser humano le inquietaba y le interesaba, los motivaba y los asustaba, cuestiones éticas como lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que debía hacerse y lo que no, nada de esto entraba en sus discusiones y planteos.

Es difícil pensar hoy en día en la filosofía como aquello que se ocupa de los átomos o la constitución del universo, lo cual está hoy reservado a la física, pero en aquellos días no existía la superespecificación científica que sí observamos hoy y cosas que hoy nos resultan tan distintas como el pensamiento y la realidad de los átomos estaban unidas bajo el nombre de filosofía.

Filósofos presocráticos (3º entrega)

                                       


1.3) Heráclito.

Otro de los que hablaron del arjé fue Heráclito, quien ubicó al fuego como el fundamento de todo lo existente, aunque al respecto hay que aclarar que no se sabe con certeza si este filósofo consideraba que el fuego era la realidad material de todos los objetos o si, siguiendo la ruptura pitagórica, se valía de él como símbolo de sus ideas acerca del cambio constante e imposible de detener, lo cual el fuego ilustraría magníficamente.
Heráclito fue un hombre que se expresó de manera ardua y difícil de comprender, tanto que fue calificado ya por los antiguos como “el oscuro”.
La filosofía de Heráclito define la existencia como un continuo devenir de todas las cosas, todo se transforma, todo cambia, todo fluye, nada permanece, nada se conserva; a él pertenece la idea de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, ya que la segunda vez se tratará de otras aguas distintas de aquellas que estaban allí la primera vez, esas aguas ya continuaron su fluir y se mezclaron con otras, se alejaron de aquel lugar, tal vez incluso se hayan evaporado continuando con la eterna transformación de las cosas. Pero no solo es esto sino que el río en sí tampoco será el mismo, ya que su cauce habrá sido lentamente erosionado por el paso del agua y ya no tendrá los mismos pozos, las mismas piedras, las mismas profundidades ni exactamente el mismo recorrido; aún cuando solo se hubiera modificado unos pocos milímetros ya no se trataría de lo mismo. Uno podría ir aún más lejos y decir que tampoco es la persona igual que aquella que se introdujo en el río la primera vez, ya que con el paso del tiempo, aún siendo muy poco, algo habrá cambiado, ya sea que nos refiramos a que aprendió algo o que experimentó algo o que le ocurrió tal o cual cosa entre la primera vez que fue al río y la segunda.
Para Heráclito, la persistencia de las cosas es solamente una ilusión generada por la lentitud con la cual se lleva adelante la modificación que experimenta todo, así uno creerá que la montaña que tiene delante es exactamente igual a como era hace un año simplemente porque no llega a percibir los mínimos cambios que se produjeron por la erosión del viento y el agua.
En este sentido puede pensarse que es el fuego por su carácter de vivo, siempre en movimiento, jamás estático, el símbolo que utiliza Heráclito para hablar del arjé.
Cuando este filósofo se refiere a las cosas que existen utiliza la palabra “cosmos”, que puede traducirse como el universo, pero también como el orden, con lo cual puede comprenderse que, al igual que Pitágoras, Heráclito ubicaba un orden en el universo y no el caos. Este devenir constante no estaba librado al azar de la casualidad, sino que había una medida, una regulación que determinaba el resultado de los cambios constantes, esta regulación estaba dada por la lucha de opuestos, que él llamaba la guerra, lo cual nos da una imagen de enemigos y de choques entre ellos con los resultados que se desprenden de la misma.
Como ejemplos de estos opuestos aparecen los cerdos, que disfrutan más del barro que del agua pura o el mar, que es el agua más pura (para los peces) o la más impotable (para los humanos), lo cual habla de elementos que representan distintas muestras de un solo dinamismo. También puede decirse que estos opuestos funcionan de la siguiente manera: si no estuviéramos nunca enfermos no podríamos entender lo que significa estar sanos, si no tuviéramos hambre jamás no podríamos comprender lo que significa estar saciados, sin guerra no podríamos valorar la paz.
Lo que él llamaba la guerra aparece no como el caos sino, todo lo contrario, como la armonía del mundo, aquello que regula a través del choque de opuestos todo lo que ocurre, de donde se entiende su frase acerca de que es sabio convenir que todo es Uno.
A este Uno Heráclito a veces lo llama Dios, pero entiende por esto algo muy distintos a los dioses que habitaban el monte Olimpo y estaban dotados de voluntad y capricho, él dice esta palabra refiriéndose a la unidad que se manifiesta constantemente en la naturaleza a través de los cambios y los opuestos. Otras veces usa la palabra “logos”, que significa “razón” y también hace referencia a una especie de “razón universal” que todo lo guía.



1.4) Parménides.

Parménides decía que el movimiento no existía, lo cual es una excelente forma de captar inmediatamente la atención de todos los que están escuchando por lo sorprendente y lapidario de dicha sentencia.
Para explicar esto hay que decir que Parménides se ubica en una posición absolutamente extrema desde la cual va a emitir sus opiniones, tanto en lo referente a pensar el ente como al método utilizado para pensarlo.
Primero, el método. Parménides es el primer hombre de la historia en proceder con total rigor racional, esto es ubicar a la razón como el elemento fundamental con el cual proceder para lograr la comprensión buscada.  Esto significa una ruptura total con la información aportada con los sentidos, ya que todo lo que pueda aprenderse en forma sensorial serán cosas ilusorias, errores y confusiones mientras que la razón avanzará de manera segura y considerando lo que no puede ser discutido.
En este sentido puede decirse de él que fue el primer racionalista.
Segundo, el objeto. Parménides se ocupa del ente y por tal se entiende todo aquello que existe, tanto una mesa como una montaña, como una idea, y también cosas irreales como un unicornio o triángulos cuadrados; todo eso que puede ser pensado es un ente. En este sentido, todo aquello que puede ser pensado es un ente y todo ente puede ser pensado. Así el solo hecho de pensar algo es prueba de su existencia, ya que todo lo pensable es un ente y, como tal, existe.
La posición de Parménides, entonces, es la más amplia y extrema que puede pensarse ya que considera que las cosas existen o no existen, las cosas son o no son, pero no hay ningún tipo de posibilidad de que exista una tercera posibilidad.
Pero resulta que incluso la segunda posibilidad es absurda, porque decir que no hay nada es decir que hay nada, que la nada es, que existe, con lo cual se estaría diciendo que el no-ente existe y sabemos que todo lo que existe es un ente, lo cual sería decir que el no-ente (la nada) es un ente y esto es tan contradictorio que no puede siquiera considerarse posible. El no-ente es algo completamente imposible de pensar, no se puede considerar. De esta manera se plantea que todo es, todo lo pensable existe y no hay nada por fuera de esto.
Parménides afirma entonces que el ente es necesario, es decir que siempre estamos refiriéndonos a entes, ya sean reales, ficticios, concretos o abstractos. Para él el ente es único (ya que lo único diferente al ente es el no-ente, el cual no existe), inmutable (porque de cambiar se convertiría en no-ente), inmóvil (porque para moverse el espacio debería ser distinto al ente), intemporal (porque el ente siempre será ente), imperecedero (ya que no puede dejar de ser ente), inengendrado (porque lo contrario sería decir que antes existía el no-ente) e indivisible (porque las partes del ente son entes, con lo cual no hay división del ente).
En poder considerar todas estas cosas consiste el método de Parménides, prescindiendo completamente de los sentidos, los cuales son completamente insuficientes para acceder a estas cuestiones referentes a la naturaleza de los entes, que solo puede abarcarse a través de la razón; los sentidos solamente pueden entregarnos ilusiones acerca del movimiento y la transformación de las cosas, siendo que el verdadero movimiento y la verdadera transformación de todo lo existente es imposible, como lo evidencia la razón, ya que esto solo puede aplicarse al paso, el movimiento, la transformación del ente en el no-ente.
A los hombres que creen en la existencia del movimiento y la transformación, Parménides los llama “bicéfalos” porque unen el ser y el no ser en una unidad.
Claramente la conceptualización de Parménides es el extremo de la abstracción, su postulado del ente en oposición al no-ente es tajante y absoluta, pero también es cierto que no mucho más se puede decir del ente en sí, ya que cualquier otra cosa que se dijera de él sería en relación a algún ente específico, algún objeto, y ahí no hablaríamos desde la razón sino desde la información de los sentidos acerca de ese objeto determinado y nos referiríamos a un solo objeto, una sola cosa, por ejemplo una silla, y no al ente propiamente dicho.
Es también Parménides el primero que se aparta de la línea por la cual venía avanzando la filosofía según la cual se buscaban las causas en las cosas materiales, ya fuera el agua, el aire o el fuego, ya que él se ocupa exclusivamente del pensamiento y la razón en todo su alcance abstracto, manifestando un gran desprecio a todo lo referente a la observación y los sentidos.
Este filósofo fue el primero en enunciar los tres principios ontológicos, es decir del ser: el principio de identidad, por el cual lo que es es, es decir que el ente es; el principio de contradicción, que dice que lo que es no puede no ser, y el principio de tercer excluido que nos enseña que solo puede haber estas dos opciones, ser o no ser, sin posibilidad de una tercera posibilidad.
Podría decirse que Parménides es el principio de la filosofía en su sentido más propio.

Con respecto a Heráclito y Parménides se dice que hay una contradicción extrema entre quien sostenía que todo es movimiento y quien postulaba que el movimiento no existe. Yo no estoy para nada de acuerdo con eso, creo que decir algo así es no terminar de entender qué era lo que decía cada uno.
Es decir, pensemos en Parménides, su racionalidad absoluta y su desprecio por ocuparse de lo que los sentidos le mostraban. ¿Qué diría él si apareciera Heráclito diciendo que nadie se baña dos veces en el mismo río? Definitivamente no le hubiera dicho que eso era lo contrario a lo que él decía, sino que le hubiera respondido que eso, aún siendo cierto, no tiene nada que ver con lo que él decía, porque eso era ocuparse de las cuestiones materiales y sensibles, es decir perceptibles con los sentidos, y que eso a él no le importaba en lo más mínimo. Perfectamente Parménides podría haber respondido: “Sí, lo que usted dice es cierto, pero ¿a mí qué me importa?
No puede haber duda de que para Parménides el postulado de Heráclito era cierto, por supuesto que existe el movimiento de las cosas materiales, sino Parménides tendría que haber vivido toda su vida como una estatua, clavado en un lugar sin poder mover ni una pestaña. No, definitivamente no estamos hablando de eso. El movimiento del que habla Heráclito es algo que Parménides, ni nadie, podría llegar a negar, pero no influye en su decir que el movimiento no existe porque se refieren a cosas que están en niveles completamente diferente, tanto que es perfectamente posible concebir una teoría que muestre que el movimiento parmenídeo es imposible al mismo tiempo que el movimiento heracliteano es posible.
Para poder comprender lo que dicen estos autores hay que hacer una diferencia tajante entre lo sensible por los sentidos y lo únicamente alcanzable a través de la razón, diferencia que puede encontrarse expresamente en Parménides y que puede entenderse en Heráclito, ya que él nunca habló de los entes o de utilizar la razón para explicar las cosas y sí se manejó siempre con lo que sus sentidos le mostraban. Esta diferencia entre lo sensible y lo racional hace que podamos ubicar fácilmente a estos filósofos en planos distintos en los cuales no hay correlaciones y ambos puedan decir cosas que parecen ser contradictorias sin que en realidad tengan relación una con otra.
Por otro lado habría que estudiar muy bien cuando Heráclito dice que todo es Uno, ya que no estaría muy alejado del decir de Parménides de que todo es ente.
¿Diferencias entre ellos? ¿Oposición? Creo que si uno estudia el tema en detalle se revela que es esta oposición entre ellos es solo una ilusión, una apariencia.
Además, de otra manera no podría pensarse en la posibilidad de que luego aparecieran teorías que superaran a ambos tomando un poco de cada uno y combinándolos, como ya veremos.

Donde sí puede establecerse una oposición y una discusión entre ellos es acerca de qué es lo verdaderamente importante, ya que Heráclito no se ocupaba del mundo racional de los entes y se ocupaba exclusivamente de lo material, siendo que Parménides despreciaba lo material y se dedicaba únicamente a lo referido a los entes racionales. Es en este punto donde yo encuentro oposición entre ellos, no en cuanto a sus opiniones acerca del movimiento.

Filósofos presocráticos (2º entrega)


             Después de una larga pausa debida a motivos inevitables, el blog continúa su búsqueda con tantas ganas como siempre, en esta oportunidad continuando con las entregas acerca de los filósofos presocráticos.


1.2) Tales de Mileto.

           Así estaban las cosas cuando hizo su aparición Tales de Mileto, personaje que inaugura una forma de pensar las cosas que transformó absolutamente todo.
Tales tuvo la osadía de tratar de explicar las cosas que lo rodeaban sin recurrir a ningún mito, ni existencia de algún dios ni nada que tuviera que ver con algo superior a lo humano, sino simplemente poder explicar aquello que veía de manera que hoy calificaríamos como científica. Es por eso que Tales es considerado el primer filósofo, pero rápidamente se comprobará que esta palabra designaba algo muy distinto de lo que entendemos hoy por ella.
Tales, quizá más famoso por su conocido teorema, se preguntó ¿qué son las cosas? y trató de dar una respuesta puramente conceptual.
Se cuenta que Tales observó con gran curiosidad lo que ocurría cuando se encendían grandes fuegos, ya fuera en fogatas o calderos, lo que a él le llamaba mucho la atención era el hecho comprobable de que las cosas se transformaban, pasaban de ser una cosa a ser la otra por efecto del fuego. Así, por ejemplo, la madera al quemarse se convertía en ceniza, materia completadamente distinta a la madera original tanto en color, como en consistencia, peso y demás características. También pudo notar que en los calderos donde se trabajaba con metales no eran los mismos materiales que se colocaban que aquellos que se sacaban luego de fundirlos. Esta metamorfosis de los elementos llenó de curiosidad a Tales y lo llevó a preguntarse cuál era la verdadera materialidad de lo que veía, ¿la madera era ceniza condensada o la ceniza era madera deshecha? ¿Cuál era el verdadero metal, el que había entrado al caldero o el que había salido? Todas estas preguntas lo llevaron a pensar que tal vez la respuesta no estuviera en pensar las cosas como distintas las unas de las otras, sino que tal vez todas esas cosas fueran una sola y la misma, solo que al estar expuestas a una fuerza u otra adquirían una presentación determinada para cada situación. Para pensar esto era muy claro utilizar el ejemplo del agua, que según si era expuesta al frío o al calor se convertía en hielo o vapor, pero aún estando en estado líquido, gaseoso o sólido seguía siendo el mismo elemento.
Estas ideas son solamente hipótesis que se barajan a la hora de tratar de pensar los motivos por los cuales Tales llegó a esas conclusiones, la realidad es que no se sabe cómo llegó a pensar que todo estaba formado por una sola cosa. Pero es interesante buscar las posibilidades del caso.
Fue así como Tales comenzó a buscar lo que en griego se llama el arjé, que se traduce como fundamento o principio, aquel elemento fundamental que formaría todo lo existente. La respuesta que dio a este arjé fue el agua, para Tales de Mileto todo, absolutamente todo estaba compuesto de agua, la cual al estar sometida a distintas exigencias podía adoptar la forma líquida que encontramos en un río, podía convertirse en una montaña, podía presentarse en forma de un ser vivo tal como un perro o un ser humano o podía formar los metales, las nubes y todos los materiales que uno pudiera pensar.
No se conoce con seguridad los motivos por los cuales Tales pensó que el agua era el arjé. Aristóteles, en su Metafísica, dice que es posible que Tales se viera llevado a pensar esto por el hecho de que procesos básicos de la vida, tales como la reproducción y la digestión, se producen en un medio húmedo, así puede ser que sea justamente esto, la humedad, el agua, lo que origina todo. Otros opinan que seguramente vio cómo toda la vida surgía cuando el río Nilo crecía y bañaba todas las regiones cercanas, con lo cual pudo hacerse a la idea de que el agua producía vida, tanto de animales como de vegetación. Además, el ejemplo del cambio del agua en vapor o hielo puede haber influido en su opinión.
Es otra de las cosas que no sabemos de donde sacó Tales y, ante la ignorancia, aparecen las teorías y las especulaciones.
Sea cual fuere el motivo por el cual Tales ubicó al agua como el origen, lo cierto era que había dado origen a un pensar que prescindía de los dioses y buscaba las respuestas en el pensamiento, en las cosas que estaban al nivel del ser humano con lo cual no solo abrió una posibilidad infinita para buscar respuestas, sino que también permitió que cualquiera pudiera intentar buscar sus propias respuestas a esas mismas preguntas.
Se podría decir que así como el mito de Prometeo dice que este titán le robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, Tales les robó a los dioses las respuestas que tanto guardaban y la puso a la altura de los humanos para que cualquiera de ellos, utilizando esos mismos métodos, se sintiera completamente libre para tratar de explicar todo aquello que quisiera.
La crítica a los mitos también vino de parte de Jenófanes, quien decía que los seres humanos habían creado dioses a su propia imagen, con lo cual se estaba no solo poniendo en duda la existencia de estas divinidades sino se las ubicaba como inventos de la imaginación humana. Este filósofo había notado que las personas de raza negra tenían dioses con este color de piel y los tracios los imaginaban rubios y de ojos claros, por lo que llegó a decir que si los bueyes tuvieran la posibilidad de imaginar dioses los hubieran imaginado con forma de bueyes.
Y fue así como muchos se decidieron a seguir este camino y dar sus perspectivas acerca del arjé. No tardaron en aparecer voces como la de Anaxímenes, que argumentaba que el arjé era el aire o Anaximandro, quien decía que el arjé era lo indeterminado. Para Anaxímenes el agua era aire condensado, cosa no muy difícil de imaginar ya que puede observarse que la lluvia es agua que se forma de la condensación del aire de las nubes; en su opinión la tierra era aire que se había condensado aún más. En este contexto, el fuego era solamente aire diluido.
Vale aclarar que tanto Tales, como Anaxímenes y Anaximandro, entre otros, no son materialistas, sino que consideraban estos elementos que ubicaban como el arjé como dotados de vida, para ellos el agua, el aire y lo indeterminado eran elementos que estaban vivos, eran sustancias vivientes que podían crear cosas vivas.
Otro dato curioso es que tanto Tales, como Anaximandro y Anaxímenes eran todos provenientes de Mileto, una ciudad que pertenecía a la antigua Grecia y hoy es parte del territorio de Turquía.
Otro de quienes opinó al respecto fue Pitágoras, según el cual el arjé de todo el universo eran los números. Esto indica cierta ruptura con lo precedente porque no ubica como el arjé a un elemento material del mundo sino a una idea abstracta. Con esto, Pitágoras quería dar a entender que todo lo que existía en el universo estaba regido por una lógica que podía calcularse y expresarse a través de las matemáticas, lo cual los llevaba a hablar de la armonía cósmica que podía aplicarse a la música a través de medir una cuerda y explicar los distintos sonidos que se pueden obtener de ella según lo tensada que estuviera. El estudio de la geometría pasó a ser muy importante en la secta de los pitagóricos, ya que ellos creían que las formas representaban elementos del universo.
Pitágoras consideraba que todas las cosas eran números, todo podía ser explicado y expresado a través de números, medidas y pesos, lo cual persistió con mayores o menores modificaciones, influyendo a personajes tales como Platón o Galileo, quien decía que la naturaleza se expresa en lenguaje matemático, o incluso muchos científicos de ayer, hoy y siempre que buscan las leyes, partículas o elementos que puedan explicar todo lo que existe.

Filósofos presocráticos (1º entrega)


 Clase 1: El inicio cosmológico.


1.1) El saber mítico.

Se ubica el inicio de la filosofía occidental en Grecia, de la mano de Tales de Mileto, quien comenzó a preguntarse por todo lo existente de una manera distinta de cómo venía haciéndose hasta ese entonces; esto ocurrió por el siglo VI antes de Cristo y fue el comienzo de una travesía que no tendría fin, llegando hasta nuestros días con toda la fuerza de aquello que nunca se detendrá.
Pero antes de llegar a Tales hubo mucho, no de filosofía, pero sí de buscar respuestas a las preguntas que los primeros seres humanos de la historia no podían dejar de hacerse, estamos hablando de preguntas como, por ejemplo: ¿Cómo se creó el Universo? ¿Cómo surgieron los primeros humanos? ¿Por qué existen las cosas que existen? Y muchas otras que forman el cuerpo de preguntas fundamentales que existieron desde que existe el ser humano y que seguirán existiendo por los siglos de los siglos.
Todas estas preguntas estaban planteadas de una manera u otra y había una gran cantidad de respuestas que se utilizaban para calmar la ansiedad y el temor que estas dudas planteaban, pero todas esas respuestas tenían en común que apelaban a recursos míticos, divinos, más allá de lo humanamente posible; siempre había un dios o algún ser poderoso que sirviera para explicar estas cosas.
Ya que estamos en Grecia, tomemos las respuestas que ahí tenían vigencia. Es así como todo surgió del Caos, de donde nacieron, entre otras personificaciones, Gea (la Tierra) y Urano (el cielo), que tuvieron por hijos a los Titanes y Titánides, luego de quienes vinieron los dioses, entre quienes contamos a Zeus, el dios del cielo; Poseidón, dios del mar; Hades, dios de la tierra de los muertos; Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría; Deméter, diosa de la agricultura y muchos otros. De esta manera, cuando se producía una tormenta en el mar, por poner un ejemplo, era fácil explicarla diciendo que se trataba de la furia de Poseidón, su amo, o que el nacimiento de las plantas y las cosechas estaba regido por la voluntad divina de Deméter. Pero no solamente se usaban estas explicaciones para cosas que tuvieran que ver con la naturaleza, lo ajeno al ser humano, sino que los comportamientos humanos también estaban regidos por completo por las voluntades y los caprichos divinos. Así, por ejemplo, la guerra no era vista como algo que ocurría entre personas por motivos materiales, sino que siempre estaban involucrados Ares y Atenea; él era el dios de la guerra, la personificación de la fuerza bruta e irreflexiva que siempre entraba a los combates dando grandes gritos y aullidos; ella, diosa de la sabiduría al igual que de la guerra, simbolizaba la guerra inteligente, táctica, estratégica al mismo tiempo que feroz e indomable, que era tan capaz de vencer a los demás dioses en la batalla (excepto a Zeus) como de inventar astucias que permitieran a sus protegidos obtener todas las victorias. En los numerosos enfrentamientos que ambos sostuvieron, siempre fue Atenea la vencedora, lo cual muestra que para el pensamiento griego la inteligencia siempre se impondría a la fuerza.
Evidencias de estos pensamientos nos llegan de la mano de los poetas griegos, de los cuales tal vez Homero sea el más famoso por haber escrito la Ilíada y la Odisea.
La Ilíada cuenta la guerra que los griegos sostuvieron durante diez años contra la ciudad de Troya (llamada en griego “Ilion”, de donde toma nombre el relato). El inicio de esta guerra es un perfecto ejemplo del pensamiento mítico.
Cuenta el relato que había una fiesta entre los inmortales y la Discordia, que no había sido invitada, decidió vengarse y pudo introducir en la fiesta una manzana de oro. Inmediatamente hubo tres diosas que la codiciaron, se trataba de Atenea, Hera y Afrodita y pidieron a Zeus que la entregara a quien quisiera. Sabiendo que eso solo le iba a trae problemas, Zeus delegó la tarea en Paris, que no tardó en ser tentado por las tres diosas. Atenea, siendo diosa de la guerra, le dijo que si la elegía a ella recibiría el regalo de la victoria con la cual siempre vencería a sus enemigos sin importar las condiciones de la batalla; Hera, la reina de los dioses, le ofreció las más inmensas fortunas si la escogía para entregarle el premio y, finalmente, Afrodita, diosa del amor y la belleza, le dijo que ella le entregaría a la mujer más hermosa de todos los imperios para que fuera suya si le entregaba la manzana.
Paris consideró que la recompensa que más anhelaba era aquella mujer de indecible belleza y eligió a Afrodita, lo cual despertó los celos de Hera y Atenea, quienes juraron vengarse de aquel hombre que las había despreciado.
Sabio Zeus, que supo desligarse de la elección y de la venganza de las dos que no fueran elegidas. Por algo era el rey de los dioses.
El resto es bastante conocido, la unión del cumplimiento de la promesa de Afrodita y la venganza de Hera y Atenea hizo que Paris conociera a la muy hermosa Helena, quien se enamoró de él y huyó con él a Troya, no sin que su marido, Menelao, fuera a buscarla con un gigantesco ejército y, ante la negativa de devolverla, se iniciara la guerra.
Hoy en día se dan otras explicaciones para la batalla tales como la ubicación estratégica de Troya tanto para las guerras, como para el comercio marítimo, así como también su gran importancia como núcleo de la región, pero la explicación que recibimos de esos tiempos es que todo ocurrió por las decisiones de los dioses.
Durante esta guerra se producen muchos hechos decisivos que son directamente dictados por los dioses, como el avance imparable de los troyanos cuando Aquiles abandona la lucha, avance que se debe a que el héroe griego, enojado contra Agamenón, ruega a su madre, la inmortal Tetis que convenza a Zeus de que eleve el espíritu guerrero troyano para que Agamenón se viera forzado a rogarle que vuelva al combate. También hay que mencionar que en la Ilíada los dioses bajan del Olimpo continuas veces al campo de batalla para combatir ellos mismos, a veces entre ellos.
Por último, el famoso truco del caballo con el cual los griegos consiguen entrar en la ciudad y destruir Troya no fue un ingenio de Ulises, guerrero famoso por su inteligencia y astucia, sino que fue algo que la misma Atenea le sugirió para terminar la batalla.
Más allá de la Ilíadala Odisea cuenta el regreso de Ulises (llamado por los griegos Odiseo) a su reino luego de terminada la batalla; lo que esta historia cuenta es que la mayoría de las aventuras que este héroe tiene que vivir son el resultado de la lucha de fuerzas que se desata entre Poseidón, quien busca vengar la afrenta sufrida por su hijo Polifemo que había sido cegado por Ulises, y Atenea, diosa protectora del protagonista de la historia. Aquí como contra Ares, Atenea logra imponerse a la voluntad de Poseidón y Ulises regresa sano y salvo a su tierra, con su esposa y su hijo, aunque luego de diez años de viaje y habiendo sufrido la pérdida de todos sus compañeros junto con miles de otros sufrimientos.
Se podría continuar enumerando mitos que demuestren cómo buscaban los griegos explicar todo lo que ocurría en su mundo, pero con lo mencionado hasta acá es más que suficiente.
Todo, absolutamente todo era producto de esos poderes y esas voluntades que estaban ubicadas muy por encima de nuestras cabezas y nuestras capacidades, que muchas veces dependían de caprichos de seres muy parecidos a los humanos y que otras veces podían resultar incomprensibles para quien experimentaba sus efectos.
Este tipo de actitudes puede resultarnos muy ingenuas en los tiempos de hoy, puede resultarnos absurdo que la gente explicara todo recurriendo a esos dioses, los cuales había para todos los gustos, rubros, elementos y actividades. La humanidad moderna, con sus herramientas dadas por la ciencia, ya no explica una tormenta diciendo que es la furia de un dios sino que depende de las variables atmosféricas. Pero creer que los griegos antiguos, y todos los habitantes de la antigüedad que utilizaban estas explicaciones míticas, eran personas que actuaban tontamente sería un error garrafal que no deberíamos cometer ya que actualmente seguimos estando en un estado no muy distinto de aquel, hoy las religiones siguen teniendo una vigencia a nivel mundial y son seguidas por casi la totalidad de los seres humanos que viven en este mundo. ¿Y en qué consisten las religiones sino en explicaciones acerca del inicio del Universo, la aparición del ser humano, las reglas según la cual los hombres y mujeres del mundo deben comportarse y muchas otras cosas más tomando como referencia única, indiscutible e indudable a un dios, como hacían los antiguos? ¿Cuál sería la diferencia entre lo visto entre los griegos y la explicación de que el Diluvio universal fue un “castigo divino? Y aún más, ¿qué diferencia habría entre estas explicaciones míticas y el rezar a Dios pidiendo su protección o agradecerle luego de algo bueno que nos haya ocurrido? ¿Acaso cuando la gente tiene miedo de algo no reza a Dios para que la proteja? Y si nada malo le ocurre, ¿no lo atribuye al poder de su Dios? ¿Acaso no nos preguntamos cómo pueden haber ocurridos ciertas cosas, tales como las guerras, los nazis y muchos otros cuando Dios debería haberlo evitado?

Es cierto, tenemos ciencia, tenemos filosofía y muchas cosas más, pero aún seguimos poniendo dioses sobre nuestras cabezas, dioses que nos sirven de garantías contra el mal y nos dan esperanzas para continuar nuestras vidas, misma esperanza que quedó dentro de la caja de Pandora cuando ésta se abrió liberando todos los males que los dioses habían puesto allí para castigar a los hombres.